La madurez política ha alcanzado un nuevo e inesperado hito en Colombia. En un movimiento que irradia una total estabilidad institucional, el presidente electo Abelardo de la Espriella ha decidido suspender de manera unilateral el proceso de transición con el mandatario saliente, Gustavo Petro. ¿El motivo real de esta drástica parálisis burocrática? Que Petro se resiste a reconocer formalmente su derrota electoral y se niega a otorgarle la tradicional palmadita de felicitación. Ante semejante desaire protocolario, De la Espriella concluyó, con una lógica verdaderamente impecable, que su resentido predecesor tiene el único y perverso deseo de destruir por completo al país.
Organizar el relevo de un gobierno completo requiere revisar finanzas y ministerios, pero todo eso puede esperar pacientemente si los sentimientos del nuevo mandatario están heridos. Para De la Espriella, la negativa de Petro no es un desacuerdo político habitual; es un complot apocalíptico de proporciones bíblicas. Si el presidente saliente no firma el acta con una sonrisa y un discurso conmovedor, la única explicación científica es que busca convertir el territorio nacional en un páramo postapocalíptico. Resulta sumamente tierno ver cómo la transferencia de poder se maneja con los mismos códigos que un juego infantil.
Por su parte, Petro parece estar disfrutando el silencio incómodo, aplicando la técnica de ignorar al rival para ver cómo se desmorona su paciencia. Mientras el país observa con absoluto asombro este duelo de drama puro, las comisiones de empalme han tenido que empacar sus carpetas y marcharse a casa. Aparentemente, los asuntos urgentes de millones de ciudadanos pueden congelarse indefinidamente hasta que el mandatario saliente aprenda buenos modales y acepte que el juego ya terminó.
Manual de la diplomacia moderna: Si tu antecesor no valida tu victoria con el entusiasmo que esperabas, detén el funcionamiento del gobierno y acúsalo de alta traición antes del almuerzo.
Al final, esta maravillosa pausa dramática dejará a Colombia en un limbo administrativo sin precedentes, demostrando que la transición perfecta no necesita eficiencia operativa, sino validación emocional instantánea. Esperemos que les consigan un mediador escolar urgente antes de que la toma de posesión se convierta en una infantil pelea de lodo.













