Señoras y señores, pueden ir guardando los rosarios y los amuletos de la buena suerte: Claudia Sheinbaum ha decretado oficialmente que el caos mexicano está bajo control a solo unas horas de que ruede el balón en la inauguración del Mundial. En un despliegue de optimismo que ya desearía cualquier estudiante que no abrió un libro la noche anterior al examen final, la presidenta aseguró ante los micrófonos que todo el engranaje organizativo, de seguridad y de transporte está perfectamente aceitado. Sí, la misma metrópoli que colapsa con tres gotas de lluvia o con la ausencia de una charola pluvial en el Metro, supuestamente se ha transformado en un oasis de orden suizo listo para recibir a la crema y nata del balompié internacional.
El anuncio gubernamental llegó como un bálsamo de fe para los escépticos crónicos, quienes veían con pánico cómo las marchas magisteriales, las disputas legales por los palcos privados y las amenazas arancelarias del Tío Sam amenazaban con convertir la inauguración en un capítulo de telerrealidad surrealista. Sin embargo, la mandataria capitalizó la mañanera para disipar los fantasmas del boicot. Sheinbaum garantizó que la coordinación con la FIFA es idílica y que la logística migratoria y de movilidad funcionará con una precisión tan milimétrica que los turistas extranjeros pensarán que aterrizaron en el futuro y no en el glorioso y rústico asfalto de la capital.
La ironía es verdaderamente un arte de alta escuela. Declarar que «todo está bajo control» en la Ciudad de México es la apuesta más audaz desde que alguien decidió que los tacos de dudosa procedencia eran buena idea antes de un viaje largo. Mientras los organizadores internacionales rezan para que los drones no autorizados no saboteen las transmisiones de televisión y los dueños de los palcos no decidan cerrar las puertas con candado en un arranque de dignidad jurídica, el discurso oficial se mantiene imperturbable, recordándonos que la fe mueve montañas y, aparentemente, también disuelve embotellamientos. Al final, solo nos queda subirnos al barco del optimismo gubernamental. El escenario está listo, las promesas están firmadas y la mesa está puesta; ahora solo falta que el universo coopere para que el debut mundialista no termine requiriendo una prórroga de pura improvisación nacional.













