Si tu jefe te regaña por entregar un reporte tarde, claramente estás trabajando en el sector equivocado. En el surrealista mundo de la obra pública de la Ciudad de México, las reglas de la lógica laboral operan a la inversa. El más reciente ejemplo de esta filosofía administrativa nos lo regala el transporte capitalino, donde una empresa que quedó mal, retrasó obras e incumplió sus compromisos en el Metro fue galardonada ni más ni menos que con un jugoso contrato para el Tren Ligero.
La lógica detrás de esta decisión roza el genio incomprendido. ¿Para qué contratar a una compañía con entregas a tiempo si puedes elegir a una que ya demostró experiencia en desesperar a los usuarios? En la burocracia local, el incumplimiento no es motivo de penalización, sino una valiosa línea curricular que demuestra resiliencia ante el fracaso. Es el equivalente a estrellar el coche familiar y que tu papá, en lugar de castigarte, te regale una camioneta del año para que sigas practicando.
Los sufridos pasajeros del Tren Ligero, acostumbrados a vagones que avanzan a paso de tortuga cansada, ahora pueden respirar tranquilos sabiendo que la renovación de sus vías está en manos de especialistas en la lentitud. La ironía se sirve encharcada: mientras se promete movilidad de primer mundo, los procesos de asignación parecen una tómbola de feria donde el peor jugador se lleva el premio mayor.
Al final, este intercambio de favores demuestra que en la capital la esperanza es lo último que muere, aunque el transporte se detenga en el túnel. Solo queda esperar que los nuevos encargados no confundan las estaciones con estacionamientos prolongados. Mientras tanto, nos toca pagar el boleto y disfrutar de esta magia financiera donde los contratos fallidos desaparecen de un lado para reaparecer clonados en el otro extremo de la ciudad.













